viernes, 8 de abril de 2016

Monólogos ilustrados de un anarco casi humano


¡A mi vida no la maneja nadie!


1ra parte




¿Por qué causas a uno se le puede ocurrir crear un blog? Hay miles de razones: vio algo y surgió una idea, pasó por una circunstancia que le transformó la vida, tuvo una visión trascendental mientras viajaba con LSD, mató una mosca y ello le hizo pensar en lo insignificantes que son los insectos comparados con nosotros, y nosotros con el universo. En mi caso, no pasó nada de eso. Simplemente me dio la gana.

Voy a tratar de no incomodar al lector con eufemismos o floreos. Desde el vamos deseo expresar que podemos vivir una vida mejor si no dependemos de la puta opinión de los demás. Esto no es nada nuevo: ya lo aconsejaba Bertrand Russell -con más estilo- en 1930. La cuestión es darse cuenta quiénes son los demás.

Éste es Bertrand Russell
La palabra “anarquía” -como tantas otras- tiene mala prensa, y ello no es casualidad, ya que los que tienen la sartén moral por el mango nos han venido repitiendo hasta el hartazgo que necesitamos al Estado, que nos vamos a arrepentir si no votamos (aunque lo hagamos tapándonos la nariz) y que debemos aceptar las leyes sin discutir.
Ësta viene a ser la sartén

En cuestión de pocos años se hacen ricos, millonarios, y uno como un pelotudo sigue creyendo que es bueno que el voto sea obligatorio… ¡Mentira! Por lo tanto, se me ocurre que no hay que dejarse manejar por nadie. Los mecanismos a los que recurren para manipularnos suelen ser muy sutiles y funcionan a la perfección, porque se han desarrollado y evolucionado enormemente. Ya Darwin lo anticipaba.

Darwin era un incomprendido

Hay coacción y sabotaje emocional por todos lados y no nos damos cuenta. Estamos sumergidos en una inmensa sopa de hipocresía aderezada con una pizca de solemnidad, luego de siglos de aprendizaje permanente. No somos lo que queremos ser, no hacemos lo que deseamos hacer, ni siquiera pensamos qué nos pasa, porque no hay que pensar. Pensar se ha transformado en un hábito pernicioso, burdo, inútil, complicado. ¡Pensar es un insulto! ¡Pensar es morir en el intento!

Algunos dirán que estoy enojado, que se me nota… y ¡claro que sí! Estoy enojado con un montón de cosas que veremos a lo largo de este libro. Si a Enrique Pinti se le permite putear a lo loco en un monólogo, ¿por qué a mí no? Si no reaccionara con enojo ante muchas cosas que pasan, sería una ameba. 


Yo, en el caso de que no reaccionara

El enojo es normal. Lo que ocurre es que lo anormal se ha transformado en normal, y entonces se supone que uno debe estar con “buena onda” todo el tiempo, incluso cuando ves a un pibe de 8 años aspirando pegamento o destrozándose el cerebro con el paco. El enojo no es mal humor. El enojo es una reacción natural como el llanto, la tos, el estornudo y el vómito.

Hay que divertirse”, es una de las pavadas más difundidas que escuché desde que tengo uso de razón. En una fiesta, en un bar donde la música está a 180 decibeles y te sirven un café de mierda, mientras hombres y mujeres aúllan por los efectos del éxtasis y el alcohol, ¿cómo querés que me sienta? Es imposible divertirse, como cuando uno ve ese programa de televisión donde hay 125 panelistas y no se entiende nada. Como cuando se nos mete una basura en el ojo, o nos incrustan un vidrio en la planta del pie. ¿Cómo vas a divertirte?

Empezamos tempranito

Desde que nacemos, llevamos un nombre que no elegimos y que podemos cambiar en casos excepcionales. Por ejemplo, si a mis padres se les hubiera ocurrido ponerme “Jesús Juan Bautista del Sagrado Corazón de Jesús”, tendría que estar obligado a cambiarlo. Pero no. Estamos en un país donde la Iglesia y el Estado van de la mano.

Escena a los 21 años, cuando se cumple esa entelequia que la gente llama “mayoría de edad”:

- Buenas tardes, joven, ¿en qué puedo ayudarlo?
- Quiero cambiar mi nombre.
- ¿Cómo se llama?
- ¿Qué importa cómo me llamo? ¡Quiero cambiarlo!
- Lo lamento pero debo saber cómo se llama…
- Jesús Juan Bautista del Sagrado Corazón de Jesús Borgo Spinelli Ghiselli Diana.
- ¿Y qué hay de malo en el nombre?
- ¿Qué hay de malo? Que soy ateo, anticlerical y no me sienta demasiado bien que esperando turno en un hospital me llamen: “Jesús Juan Bautista del Sagrado Corazón de Jesús Borgo Spinelli Ghiselli Diana, pase por el consultorio 2”
- No es suficiente razón para cambiar su nombre. El código 1345/34 del Registro de Nombres Permitidos, no lo permite, valga la redundancia...
- ¿Dónde puedo remitir el pedido para que lo cambien?
- Precisamente en el la Oficina Nacional de Registro de Nombres no Permitidos, llenando el formulario 659/F, presentando partida de nacimiento, DNI, licencia para conducir y un estampillado de 1.200 pesos.
- No tengo 1.200 pesos.
- Ése es su problema, no el mío.
- ¿O sea que usted puede cambiar de esposa, de nacionalidad, de trabajo, de sexo y yo no puedo cambiar mi nombre? ¿Cómo me tengo que llamar para cambiarlo? ¿Jesús Cornudo de la Puta Madre que lo Parió?
- Ese nombre no está aceptado. Buenas tardes… ¡Que pase el que sigue!

Ok, está bien, estoy definitivamente condenado a usar este nombre por el resto de mi vida… ¿Y qué hay de mi religión? Sucede que mis padres me bautizaron y me hicieron tomar la comunión, cuando yo no era capaz de decidir nada, excepto satisfacer mis necesidades básicas. Es más, me quería escapar de las clases de catecismo, no quería ir, fingía dolores de estómago, desmayos y hasta úlcera perforada para no concurrir. Me ponía ampollitas de colorante rojo en las encías para fingir una hemorragia.

Hemorragia apta para faltar al catecismo


Resulta que para hacer apostasía, uno también debe hacer un trámite y presentar una nota ante las autoridades eclesiásticas. Todo en esta vida es un trámite. Absolutamente todo. Nacer y morir es un trámite. Inscribirse en una universidad de cuarta es un trámite, entrar en un boliche es un trámite. Y mientras hacemos miles de trámites, ¡se nos pasa la vida! La vida se transforma en un trámite, en llenar formularios, en presentar declaraciones juradas, en pagar impuestos que van a parar a los bolsillos del caudillo recaudador de turno, mientras se inauguran hospitales que no funcionan, que no tienen camillas, ni siquiera tienen ladrillos.

Digámoslo para que se escuche en Siberia Oriental:

¡LA VIDA ES UN TRÁMITE!

La infernal máquina de robar a la que llamamos ingenuamente “Estado”, es un estado de caos, de entropía mental, de aplanamiento neuronal, de bajar la cabeza ante atropellos, de dejarnos robar. A fin de cuentas es una picadora de cerebros que finalmente nos transforma en “ciudadanos ejemplares”, cuando no lo somos ni al tomar la sopa.

La escuela

“Educación formal” le llaman. “Educación formal” ¿para qué? Para que de chiquitos respetemos un horario cuasi-militar, para que aceptemos que lo bueno es dar la respuesta correcta y no hacer la pregunta correcta. La pregunta correcta pone de muy mal humor a los docentes quienes, al no saber qué contestar, nos dicen “ése no es el tema”. Así, el niño inquieto y curioso se transforma en una pesadilla que la escuela debe transformar. ¿En qué? En un idiota que acepte todo lo que se le dice, amparados por un “Programa Educativo” aprobado por acartonados legisladores.

Inmediatamente, el alumno que pregunta más de lo necesario es aislado, negado, apartado, “ninguneado”. Si alguien progresa no es por el “sistema” sino a pesar del sistema. El párvulo no aprende, repite. Así se van descartando ideas útiles. La respuesta ante estos argumentos es que estamos exagerando, que somos unos rompebolas porque sí, porque nos da la gana, porque en nuestro hogar no nos enseñaron lo que es el respeto. Y si nada de eso nos pasó, entonces se inventa un trastorno, como el déficit de atención, el autismo, o el epíteto: “Este chico es rebelde de nacimiento”. Pero... ¿cómo no voy a ser un rebelde de nacimiento si nadie me explicó nada satisfactoriamente?

La escuela primaria nos prepara para aceptar lo que nos van a decir en la secundaria, y la secundaria nos prepara para aceptar lo que nos van a decir en la universidad, y ésta nos prepara para decir lo que los demás van a querer escuchar. Se trata de rendir exámenes, de aprobar con un 4, de no repetir el año, de no razonar… todo ello en la persecución de un título: bachiller, médico, psicólogo o contador público, da igual. Y recientemente se ha puesto de moda que los alumnos “no pueden reprobar”. En lugar de mostrar conocimiento, se nos forma para repetir “verdades reveladas”. No solo en la Iglesia hay religión. Hay un sistema de religión secular en las escuelas. Sin Cristo, ni enseñanzas religiosas. Todo se remite a repetir un dogma.

Te dirán, “pero qué lindo es tener esas fotos donde tu hijo sale abanderado”. Y ahí se forma la industria de la foto de los niños. No es que no me importe tener una foto así. Pero es solo una foto. La verdad está en la vida real. “Uh, vos siempre arruinando todo”. Es lo mismo que cuando alguien te pide opinión sobre los problemas que tiene con su pareja. Vos escuchás, casi como un mártir, y le decís lo que opinás, para que después el que tiene el problema haga todo lo contrario a lo que vos le dijiste, y te culpe de haberle dicho lo que le dijiste. ¿Dónde se ha visto semejante pelotudez? Se ve todos los días. Entonces uno se encuentra entre la espada y la pared: ¿le digo lo que pienso o me callo como un boludo a la guarda? Mejor callate y que el otro siga su vida. Y si le decís lo que pensás sin anestesia, olvidate de tu amiga o de tu amigo. Es así, no estamos preparados para aceptar la cruda realidad. Desde chicos se nos ha mentido, se nos han ocultado problemas que ocurren en la vida real. Y se ha reemplazado la vida real por lo que la vida debería ser.



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